¿Y si invitas a tu jefe a comer a tu casa?

Publicado el 23 de Febrero 2013 en El Comercio.

Todas las semanas me reúno con grupos de ejecutivos que están en proceso de transición. En la sala hay gerentes de distintos niveles, todos con mucha experiencia y madurez. Probablemente de los mejores ejecutivos que tiene el país. Tocamos siempre muchos temas en un ambiente informal, de confianza y camaradería. Casi todos los temas despiertan mucho interés, pero solo uno invariablemente despierta pasiones y mueve a todos los presentes: el del jefe

“Alcen la mano aquellos que acostumbran invitar a comer a su casa a su jefe”. Silencio en la sala. Muy pocas manos tímidas se levantan ante la mirada atónita de los demás. “Ahora, por favor, ¿aquellos que lo han invitado alguna vez a su casa a algún evento?”. Unos cuantos más lo hacen, pero no más del 20% de los presentes. ¿Por qué no? –pregunto yo– y la discusión se vuelve intensa. Y claro, mi rol es reforzar el concepto de que el jefe es el principal cliente de nuestros servicios, a quien principalmente debemos de brindar un servicio impecable en aras de promover nuestra carrera y nuestra empleabilidad.

Que finalmente del jefe depende mucho el futuro de nuestra carrera y que nuestra actitud hacia él o ella impactará su objetividad a la hora de evaluarnos.

Los jefes también son humanos y necesitan la aceptación y aprobación de sus subordinados. Y, por qué no, de su aprecio sincero. Obvio, y todos de acuerdo hasta allí, pero, ¿invitarlo a casa?

Todos hablan al mismo tiempo. Las opiniones se dividen y los argumentos van y vienen. No hay consenso. Cuando pregunto sobre cómo le agradecen al jefe el bono, el ‘feedback’ honesto, los esfuerzos por mejorar en el clima laboral o las oportunidades de aprendizaje, el incómodo silencio regresa a la sala.

Agradecer al jefe es un concepto duro para muchos. Creo que el terror local a ser considerado “sobón” es tan fuerte que la mayoría prefiere reservarse sus expresiones de aprecio o reconocimiento a sus superiores. Temen sentirse aduladores o hipócritas y, peor aun, ser señalados por sus colegas como tales.

Decido echar más leña al fuego y les recuerdo a estos experimentados ejecutivos que ellos son también líderes de organizaciones, jefes de muchos, y allí el tono de la reunión cambia nuevamente por completo. Muchos recuerdan la desazón que sentían cuando sus esfuerzos en favor de sus subordinados no eran apreciados o valorados por ellos. Y cómo eso mellaba su ánimo, sobre todo porque se habían esforzado en conseguirles mejoras que luego nadie agradecía.

“Somos una cultura que no se da el tiempo para agradecer mucho a nadie”, comenta alguien cabizbajo. Ejemplos van y vienen, y escuchamos experiencias en ambos sentidos. Casi dos horas pasan volando y al final concluimos que tanto a jefes como a los subordinados nos cuesta mucho agradecer y reconocer; pero que también nos gusta mucho –es más, necesitamos– que nos reconozcan, aprecien y valoren, tanto en el lugar de trabajo como en la vida personal. Que es muy grato que de vez en cuando nos den las gracias de manera sincera y efusiva en el mundo laboral.

Termina la conversación, agradezco a todos su participación. Algunos se acercan y comentan el valor que la sesión les agregó. Aprecio los comentarios y todos salimos contentos.

Pocos jefes recibirán invitaciones, pero el mío seguirá comiendo comida peruana en mi casa cada vez que pase por Lima.



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