Poder confiar

Un ejecutivo nos contaba que su padre era un hombre amable, trabajador y muy dedicado a su familia, siempre esforzándose por pasar tiempo con su esposa y sus  hijos.  Claro, un par de veces al año se emborrachaba y terminaba golpeándolos a todos, pero los restantes 363 días del año se comportaba como un padre modelo.

¿Podías confiar en él?, le preguntamos. Claro que no, -respondió- ¿cómo poder hacerlo?

Hace poco, alguien me acusó de “cuadriculada” por pedirle recibo por sus honorarios profesionales. Furiosa -me imagino que por tener que pagar impuestos-, me increpó que mi moral de “mundo empresarial” no se estila entre “amigos”. Me quedé pensando en su “elástica” moral. ¿Volveré a confiar en su ética o “profesionalismo”? ¡Obviamente no!

El deportista que es fotografiado drogándose, la persona que pone datos falsos en su currículo, el líder que se excusa en la incertidumbre financiera para dejar de lado el respeto a su gente y todavía se dice “socialmente responsable”. ¿Cómo confiar en ellos nuevamente?

¿Podemos confiar en quien engaña, miente o “estira” la verdad en algún ámbito de su vida y se justifica “separando” un mundo del otro? ¿No somos siempre la misma persona, independientemente del entorno o la circunstancia en la que nos encontremos?

La tecnología rompe cada vez más esas “separaciones” entre la vida profesional, personal y familiar. Todo se sabe, todo trasciende, todo puede quedar “colgado” en la red o amanecer publicado en Facebook o en algún blog.

¿Se puede mentir, falsear o engañar y quedar impune? ¡Cada vez menos!

El mundo entero nos mira en cada ámbito en el que nos desenvolvemos y nadie está libre de quedar al descubierto. Todos nuestros actos serán vistos, juzgados y recordados. Cada vez hay menos “barreras” entre lo privado o lo público. La moral esperada es la misma para todos los “sectores” de nuestra vida. El mundo laboral no perdona a quienes faltan a su palabra o cometen fallas de ética, aunque sean solapadas! Todo se llega a saber. Todo se conoce. Y aunque sea por el temor a que se sepa nuestra falta, es mejor no arriesgarse a perder la confianza de los nuestros o de nuestra gente.

Obviamente no se trata de ser santos o paranoicos, pero si íntegros, transparentes y, cada vez más concientes y responsables de nuestro comportamiento. Y  si nos equivocamos, es imperativo ser capaces de reconocer y enmendar la falta rápidamente.

Nuestro país ha avanzado mucho en temas de valores, responsabilidad social, respeto a las personas, a las instituciones y a las normas, como para bajar la guardia y ser permisivos, y menos cómplices silenciosos, con quienes las transgreden impunemente.

Hoy el Perú está en la mira internacional. La permisividad es complicidad. No podemos ser cómplices de nadie aunque eso nos haga “impopulares”. Y el que “todos” hagan algo impropio, no es excusa válida ni da licencia para actuar mal.

Todos queremos poder confiar en nuestros líderes y que nuestra gente confíe en nosotros. Y esa confianza, esa autoridad moral, como sabemos, nace del respeto que mostramos por los otros, de la rectitud de nuestros actos, del cumplimiento de nuestra palabra y de la integridad de nuestro comportamiento.

¿Será el fin de la impunidad? ¡Esperemos que así sea!

Fuente: El Comercio/17-02-2009



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