Poder y arrogancia

Uno de los principales retos de quien ostenta un cargo con poder es mantenerse lúcido y claro sobre la fuente del mismo y su duración. Y es que muchas personas tienden a olvidar que el poder no es inherente a uno mismo, sino al cargo o a la función que se cumple. Las manifestaciones externas del poder confunden y seducen a punto de olvidar que toda posición es pasajera, tiene un comienzo y un fin.

Y muchos olvidan también que el poder no es sino un medio para cumplir una misión, para servir un propósito definido, para servir a un fin mayor, no para disfrutarlo en beneficio propio, olvidando incluso muchas veces a quienes nos lo otorgaron o ayudaron a obtenerlo o, peor aun, al propósito de servicio que lo define.

Quienes detentan el poder muchas veces creen que son invulnerables al fracaso o que, porque ya lo tienen, no deben preocuparse por seguir creciendo, desarrollándose o preparándose para cuando ese poder acabe. Creen que su éxito de hoy garantiza el de mañana y olvidan que el mejor momento para crecer y cambiar es cuando a uno le va bien. Y es que si bien el poder se alcanza gracias a habilidades, logros o resultados, en ese esfuerzo también crecen nuestros defectos y debilidades. Olvidan que cuando se pierde el poder, tiende a ser irremediablemente tarde.

Vemos esto en ejecutivos, profesionales, empleados privados o públicos, quienes descuidan sus carreras, su desarrollo y sus contactos en la fantasía de que el poder les durará siempre. Ellos incluso adoptan conductas arrogantes, que son una falta de respeto de fondo a las personas que los rodean, afectando no solo la consecución de sus metas inmediatas, sino que dañan irremediablemente sus relaciones con personas a corto y largo plazo.

Muchas personas con problemas de arrogancia olvidan la importancia de mantener relaciones óptimas con personas de todo nivel, descuidando su imagen, posicionamiento profesional y otros aspectos políticos de sus carreras. Olvidan a los amigos de siempre, dejan de devolver llamadas, contestar correos, ayudar a quien se puede. Cada llamada no devuelta o amigo desatendido nos será cobrado más adelante y con intereses.

Uno tiende a asociar al poder con los políticos, con los grandes empresarios o los gerentes importantes, pero todos aquellos que de alguna manera tenemos que tomar decisiones que afectan a otros podemos cometer los mismos errores. Todos quienes tenemos responsabilidad de otorgar, negociar, asignar, controlar, informar, comprar, decidir, supervisar y elegir, estemos en el nivel que estemos, corremos el mismo riesgo.

El poder aísla, muchas veces incomunica, y puede hasta hacernos insensibles al dolor ajeno. Eso no solamente daña a quienes están a nuestro alrededor y a nuestras relaciones con ellos, sino a nosotros mismos en la continuidad de nuestro desarrollo profesional y personal. No perdamos de vista que el mercado local es muy chico para generarnos gratuitamente enemigos o gente que espera nuestra caída para cobrarse las ofensas recibidas.

La vanidad que puede traer el poder hace que nos acostumbremos a escuchar solo a quienes nos dicen lo que queremos escuchar, sin valorar opiniones divergentes, desconectándonos de la realidad, del mercado y de la organización y, peor aun, convirtiéndonos en inflexibles víctimas de nuestro propio éxito.

Cuando el medio que nos rodea y la posición que ostentamos nos hace sentir por encima del resto en conocimientos, experiencia o calidad de decisiones, la arrogancia nos inutiliza.

Por ello, quien tiene el poder enfrenta el gran reto de mantenerse muy lúcido frente a sus fortalezas, debilidades, cualidades y defectos, manteniendo su perfil profesional vigente, desarrollando nuevas competencias y un equilibrio interior para no perder vigencia.
Mantener una actitud de aprendiz permanente, recordando que el poder está dado para hacer, para servir a muchos con coherencia, ética y principios, nos protege a nosotros mismos de la arrogancia del poder.



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